17 feb. 2010

Historia ganadora "Todos los días pueden ser San Valentín"


La participación y calidad de los relatos ha sido tan alta que hemos necesitado algo más de tiempo para leer y evaluar todas las historias recibidas como se merecen. Desde Sschh queremos agradecer a todos vuestro estusiasmo y colaboración y queremos animaros a que no dejeis de escribir. Hemos leído mucho talento. Tanto que estimamos necesario publicar las historias que han quedado finalistas. En los próximos posts las podreis leer pero hoy os dejamos que disfruteis con la entrañable historia ganadora.
Nuestra más sincera enhorabuena a Marta C. de Madrid:

Historia de un amor,


No había visto nunca la playa. Pero, en mis sueños, siempre la veía a ella. A ella salir del mar entre las olas. Se deslizaba por el agua lentamente y, mientras salía, mis ojos no se fijaban en la turgente silueta que su blanca enagua, translucida por el agua, insinuaba. Mis ojos hipnotizados no podían apartase de sus ojos. Penetrantes, vivarachos, misteriosos, melancólicos. Eran todo a la vez. Nunca antes había visto unos ojos así.

Sus visitas continuaban con él pasar de los años. Ella siempre en el mar. Ella viniendo hacía la arena. Ella con esa mirada. Y yo sin dejar poder de mirarla. A veces, atisbaba unas notas de picardía. Y siempre visitándome mientras dormía.

Con el despertar no podía olvidar esa mirada. Empecé a buscar sus ojos en todas las mujeres que se cruzaban por mi camino. Nada. Con los ahorros de mis primeros trabajos, fui a la playa y la busqué. Nada. Y fui a otra playa. Nada. Probé a quedarme dormido en la arena: Ahí estaba. Pero con el despertar sus ojos se desvanecían.

Prometí encontrarla. Sabía que con su mirada me pedía en silencio que la esperara. El reloj del tiempo pasaba, a veces, rápido, a veces, demasiado lento. Llevaba una vida cuasi monacal, solo salía para trabajar o para seguir buscándola por los rincones más incógnitos.

En aquella época todo se veía en blanco y negro. Pero yo solo veía azul, azul mar. Con la guerra todo cambió, pasó a ser gris. Las señoritas que quedaban solteras apenas se prodigaban por las calles.

Pero un día, el más insospechado quizás, la vi. La vi salir entre la bruma, no era espuma de mar. Ella salía entre la neblina contaminada que corría por los alrededores de la vieja fábrica. Era una niebla húmeda, tan húmeda que mojaba. Caminaba hecha un ovillo protegiendo con su menudo cuerpo el paquete de papeles que portaba. Ni me vio. Ni la vi yo a ella. La colisión fue inevitable, al instante reconocí aquellos ojos. Y ya no pude apartar de ellos mi mirada.

La amé desde el primer suspiro.

Tiempo después supe que me había estado cruzando con ella a diario durante años, teníamos en común el mismo jefe. Entendí entonces que en mi obsesión y desesperación miraba, pero no veía.

Esta no es mi historia, es la historia de amor que me dejó mi abuelo. Tal cual me la contaba. Siempre dijo que tenía los ojos de mi abuela.

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